Av. del Libertador 17426, Beccar, Bs As, Argentina | Miércoles a sábados de 11 a 19 hs

Dueña de una amabilidad y ternura desbordante, la artista plástica Lucy Mattos me recibe en su espacio de trabajo con un entusiasmo que me conmueve. Y después de algunos encuentros donde la intimidad del relato y las anécdotas se va tiñendo de matices cada vez más personales, donde el hacer artístico es una vez más testigo de un hacer en la vida misma, Lucy me convida con su historia y pensamos en este texto que da cuenta de ese intercambio sin intermediarios más que su narrativa, mis preguntas, las miradas cruzadas sobre décadas de producción, café y té.

No es un dato menor que la artista haya nacido en la provincia de Misiones, porque será la enseñanza de la arcilla roja su mejor maestra y quien guiará un rumbo que, más de sesenta años después, Lucy reconoce como una línea directa que la conecta con su pulsión creativa. Vive allí hasta sus siete años y es el vasto terreno de la casa familiar el escenario que ofrece el puntapié inicial para su trabajo. Su vínculo con el arte nace del placer que le propiciaba poner las manos en la arcilla, modelar su textura noble, jugar como una nena. Desde la escuela primaria despliega aptitudes para el dibujo y a sus doce años ya asistía a talleres de artista para aprender no solamente a dibujar sino a trabajar el color. Pero es cuando llega a la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, cuando el sudor de la preparación, las lágrimas de emoción y la fiebre de los nervios, la conectan con su amor supremo: la escultura. Aprende allí a ponerle el cuerpo a múltiples materialidades pasando de la arcilla a la cera, madera, bronce, piedra hasta oro y plata cuando se trata de esculpir joyerías.

Sin embargo, es la escuela del mirar su mayor maestra. Con la atención puesta en Europa, Lucy recorre infinidad de museos internacionales y decide centrar su carrera en un hacer desligado del mercado del arte por excelencia, un poco al margen de la presión de los concursos, los encargos, las galerías y se focaliza en aquello que los grandes maestros que la enamoraron -por ejemplo Henry Moore, Joan Miró y Salvador Dalí-defendían: más allá de una exquisita destreza técnica y conocimientos académicos del oficio de estos referentes, es la libertad expresiva que inspiran sus obras lo que la conmueve y lleva a visitar reiteradas veces los museos de Holanda, Inglaterra, Italia, Francia, España y Egipto, entre tantos. Aun así, alejada del circuito oficial y sacrificando la exposición prolifera, su obra se exhibió en galerías de Estados Unidos, Uruguay y Argentina y ha participado de ferias internacionales con el fin de activar el hacer y así es como viaja a Panamá en los años 90, donde emplaza su escultura más grande, de 5 metros en cemento directo, la cual fue recientemente restaurada.

De su taller inicial en el barrio de San Telmo hacia fines de los 60, Lucy Mattos se traslada a zona norte, San Isidro, donde vive y monta su estudio en un espacio que operaba antiguamente como caballerizas y allí funda, años más tarde, su museo. Es en ese lugar donde experimenta con el volumen y las instalaciones que surgen de manera incipiente en los 80 con los maniquíes, cuya materialidad era tan fácil de transportar. Su obra parte de la abstracción, pero entiende que se le complica transmitir su concepto con ese lenguaje y pasa al plano figurativo. Su búsqueda está en motivar al espectador, intentando que la obra le haga sentir algo; en palabras de la artista: “que la experiencia de ver la obra se sienta como un gran abrazo”. Temas tales como el amor y el desamor, la injusticia social, los derechos de las mujeres, el medio ambiente y la naturaleza, son algunos de los ejes de su trabajo en cualquiera de los soportes que elija. Pero es la escultura la que le facilita un puente con su infancia, con una etapa lúdica de su niñez donde la absoluta libertad creativa era el vector reinante. Y esa niñez también se refleja en una suerte de homenaje a su familia porque, como una suerte de agradecimiento por haber podido crear su propio espacio expositivo en 2011, Lucy “devuelve” al pueblo donde se crío junto a padres y abuelos -Campo Ramón en Misiones-, una escuela como legado, como aporte social y cultural, donando el terreno familiar. Un lugar aun sin nombre, un número que espera ser nombrado: 933.

Hoy día, Lucy busca seguir reactivando su espacio, trabajando en las esculturas, objetos, instalaciones, dibujos y reelaborando sus temas de interés, los cuales se sostienen en el tiempo. Los materiales cambian como cambia la tecnología y su curiosidad se nutre de lo que le aportan las nuevas generaciones intentando abrir un camino hacia un pensamiento que traiga nuevos vientos detrás de nuevos abrazos.

Lic. María Carolina Baulo, agosto 2024